
Fotografías
por Jamali
Casi a
los cuarenta aprendí a dormir desnuda. A llorar más de la cuenta. A
cuestionarme toda mi vida. A borrarme de un plumazo un domingo a la
mañana en la que solo quería dormir. A ascender como una gaviota otro
domingo en que solo quería vivir. Aprendí casi a los cuarenta a hablar
de más, y a expresar demasiado mis sentimientos.
Aprendí
a estar sola con el mar y la arena como si ese fuera todo el universo.
Aprendí
a necesitar a los demás y a llamarlos por teléfono, casi a los
cuarenta. Me volví más ácida que el limón y más frontal que la misma
frontalidad que me parió hace casi cuarenta.
Olvidé
que durante mucho tiempo me banqué estar sola pero ahora anhelo la
compañía dulce del amor al lado mío.
Casi a
los cuarenta soñé con que la pasión y el amor eran para siempre y así de
rápido me dijeron que no es tal cosa, pero sigo soñando aunque en el
fondo sé que “el amor es eterno mientras dura.”
Casi a
los cuarenta me preguntaron a dónde iba tan rápido. También me
preguntaron qué seguía buscando.
Casi a
los cuarenta agradezco todos los días por las cosas que tengo, pero
también reniego del origen de ellas y el agradecimiento pierde su
efecto.
Casi a
los cuarenta agradezco tener más afectos que casi a los treinta, casi a
los veinte y casi a los diez, y de ellos no reniego nunca porque en la
medida de lo posible están.
Casi a
los cuarenta me cuestiono si soy buena persona, si soy buena madre, si
fui buena esposa, si soy buena amiga, si soy buena compañera, si tendré
tiempo para tomar decisiones, si tengo que esperar o tengo que hacerlo
ya.
Casi a
los cuarenta recuerdo que mis padres parecía que tenían todo resuelto,
casi a los cuarenta mis hijos saben que no tengo nada resuelto, pero me
conocen.
Casi a
los cuarenta tiemblo sola en la cama cuando las lágrimas de la
impotencia me inundan y no tengo un hombro para que se escurran.
Casi a
los cuarenta mi primer deseo a una estrella es parirme, nacer y ser yo
sin condicionamientos ni mochilas.

Fotografías
por Jamali
Casi a
los cuarenta sigo escuchando al Nano como a los quince, pero recién
ahora cambié mi color de pelo de toda mi vida. Casi a los cuarenta no
tengo canas ni arrugas, casi a los cuarenta sólo tengo huellas en el
alma a parte de celulitis y otras cosas a las que no les doy bola.
Casi a
los cuarenta todavía busco ver mi verdadera imagen en el espejo y
siempre pienso que los demás si la ven, cuánto me equivoco!
Casi a
los cuarenta no he aprendido ninguno de los pasos que se deben aprender:
a respirar, a tomar las cosas con calma, a esperar, a escuchar el
sonido del tiempo, a priorizarme, a no dañarme.

Fotografías
por Jamali
Casi a
los cuarenta me tengo que repetir que soy única y que las comparaciones
son odiosas, que existen pasos para llegar a la felicidad que son
mejores que un bocado de chocolate, que uno hay veces que tira la toalla
y tiene ganas de morirse, que otras se levanta con ganas de llevarse el
mundo por delante, que nadie llegará a tocarme timbre, que si el cambio
está en punto muerto no avanzo.
Casi a
los cuarenta me di cuenta que sola no puedo, todo no lo puedo y todo no
lo sé, que no tengo la razón, que las cartas dicen lo que uno quiere
escuchar y que una pareja no lo es todo en la vida si uno no está
entero.
Casi a
los cuarenta me dijeron que no soy tan buena como yo creía, me enseñaron
defensa personal y aprendí a la fuerza a esquivar un rechazo. Casi a
los cuarenta estoy aprendiendo a respetarme pero me faltan casi como
cuarenta años más.
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