Luego de una pausa, de silencios y de varios díasausentes, tratando de estar presente en el "mundo real", vuelvo a laspalabras.
Siempre fui consciente de las dos dimensiones de mivida. Una es donde interactúo con otros seres que me ven como parezcoser: una mujer adulta, callada, reservada, risueña, enojada,responsable, rebelde, explosiva, pasiva, trabajadora, madre, tantolerante como intolerante, tan abierta como cerrada, tan perfecta comoimperfecta.
Y la otra dimensión, en donde estamos mi mundo y yo.En ese mundo soy una persona más simple y bella, las conversacionespueden tornarse en discusiones también, pero casi siempre llegamos a unacuerdo, yo y mi otro yo y el espejo. Claro, es que en ese mundo nosreducimos y nos multiplicamos, nos protegemos de lo que no nos gusta,nos desconectamos. Mientras tanto, la persona que late, la que llevalas venas y su sangre dentro, esa se mueve por inercia, apenas haciendonotar que se desliza como zombi.
Hoy sé que muchas personas han hechado mano a estetruquito. Pero alguien realmente ha podido hacer un puente entre unmundo y el otro?
Quienes parecen tener mayor capacidad de crear otros universos son los niños.
Gracias a miles de fantasías y sueños, logran armarun mundo digno de Las mil y una noches, o para no sonar tan añejos, unmundo como el de Harry Potter.
Los chicos tienen propiedades que de adultos se vandiluyendo: hacer grandes cosas con pequeñeces, ver los colores tal cualson, mirar dentro de tus ojos y saber qué sentimientos tienes. Dicenalgunos que hasta se acuerdan de vidas anteriores en las primerasetapas. Creer o no creer, pero los ángeles están más cerca de loschicos, sonríen cuando quieren y dicen lo que piensan.
Quién diría! Una forma aparentemente sana de estar drogado.
Definitivamente este truco no es para usar todos losdías, sino simplemente para aquellas ocasiones en donde de pasobuscamos conectarnos con nuestro alma, y con nuestro deseo, quien dice,por ahí...
Mi mundo cambia, porque las fantasías cambian. Aveces se viste de rosa, de tierno y de romance con algún desconocido,otras veces toma forma y se parece mucho al lugar en donde yo pensabaque vivía cuando era chica.
En ese lugar, en ese barrio había una calle quecuando recién la asfaltaron usábamos patines y bicicletas paradeslizarnos sin peligros.
En ese pueblo no había apellidos, ni status. Nosjuntábamos con quienes queríamos. Los del norte con el sur, los delcentro con los barrios. Vivíamos penas en casa, pero en la calle, dellado del frente, no existían.
Había mariposas en las veredas y sapos en lospatios. Los perros iban y venían tranquilos, sabían que las cercassiempre estaban abiertas para su regreso, tenían cucha, agua y comida.
En esa otra dimensión, sueño con un lugar en dondenos miramos a los ojos, y no somos más que lo que se ve allí: elreflejo de nosotros mismos, con nuestras grandezas y nuestraspequeñeces, pero en definitiva nuestro reflejo.
Utopía, utopía.
Podrá todo esto amalgamarse con la realidad, no morir por el engaño y sobrevivir en la vida adulta?
Puede ser una utopía, puede parecer tonto y naif, pasado de moda, de época.
No va con los noticieros, en donde nos dicen queniños y adultos andan armados, drogados, sin sueños y sinremordimientos por la vida. En donde por cada bala hay una venganza, ypor cada bomba miles de venganzas más, por cada padre sin justicia porsu hijo dolor y rencor.
Por cada raza una guerra, un territorio queproteger, un muro para construir en la frontera, por cada barrioapellidos que defender y que ocultar, y en demasiados escritorios degobernantes muchos papeles para esconder.
Los miedos danzan y nos hipnotizan, nos hacen verpersonas peligrosas a cada paso y por protegernos constantemente nosperdemos en un mar de prejuicios.
Y sí, parece que un mundo y el otro no tienen nada que hacer juntos.
Aunque para decirles la verdad, esto último no me lo creo.