Envarios post he tratado el tema de las minorías, el sectarismo, lasfobias (homo-xeno, etc). Creo que desaparecidas estas cuestionesestaríamos mucho mejor, seríamos mejores personas, habría mástolerancia.
Igualmentecreo que todos llevamos un intolerante dentro. En mi caso siempreremarco mi intolerancia a la intolerancia, sobre todo cuando provienede sectores que no deberían serlo por las enseñanzas que pregonan: lasgrandes religiones (catolicismo y judaísmo) son un ejemplo de ello.
Hoy en ADN digital,salió una nota sobre el extenso recorrido que ha tenido la comunidadhomosexual en España desde la primera marcha del Orgullo Gay a nuestrosdías.
Aquí algunos fragmentos y fotos:

Hoy se cumplen 30años de la primera marcha del Orgullo Gay en España, tres décadas enlas que el país ha pasado de perseguir a los homosexuales a convertirseen un referente mundial de libertades
“Deser escoria, invertidos sexuales, depravados, perversores de menores yenfermos mentales hemos pasado a ser ciudadanos de primera para tenerlos mismos derechos que cualquier otra persona”, reflexiona ArmandFluvià, uno de los padres del movimiento homosexual en España.
El inicio de esecambio se produjo hace 30 años en Barcelona. El 26 de junio de 1977unas 5.000 personas salieron a la calle en la capital catalana parareivindicar los derechos de gays, lesbianas y transexuales. Como ocurreen la actualidad, la manifestación tuvo un carácter festivo, aunqueprimaron las exigencias de igualdad. Había pancartas en las que se leía“Mi cuerpo es mío y hago con él lo que me da la gana” y se oíanconsignas tales como “¡Amnistía sexual!” y “¡No somos peligrosos!”.
La primera marcha por el Orgullo Gay no duró demasiado, pero fue una muestra de valentía.
“A mitad de LasRamblas nos esperaba un contingente enorme de grises, un cordónpolicial brutal”, recuerda Empar Pineda, lesbiana e histórica activistafeminista. “Sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, empezaron a darporrazos”.

Para las fuerzasdel orden franquista, los que allí desfilaban estaban a la altura dedelincuentes y maleantes. Homosexuales, travestidos y transexualesestaban incluidos en la Ley de Peligrosidad Social, que entre 1977 y1979 (año en que fue derogada) sirvió para condenar a unos 1.000pervertidos. Como muestra del humanismo del régimen, los presos gayseran trasladados a las cárceles de Badajoz o Huelva donde les sometíana un tratamiento con el que se pretendía curarles cambiando suorientación sexual.
Petit asevera quela sociedad tenía mucho interés por todo aquello que la dictadura habíaprohibido, por lo que fueron tratados con “cariño y mucho respeto”.
Los medios decomunicación también les hicieron mucho caso, aunque durante losprimeros años acudían siempre a radios y redacciones acompañados de unmédico psiquiatra que certificaba que “no eran enfermos mentales”.
Con la llegada dela libertad, apareció el VIH, que hizo una auténtica escabechina. “Elsida marcó el final de una generación del movimiento porque obligó areplantearlo todo”, se lamenta Petit. Durante años las asociaciones degays, lesbianas y transexuales tuvieron que dedicar todos sus esfuerzosa combatir el virus y concienciar a la gente del uso del preservativo.Era más importante salvar vidas que reivindicar derechos.
Y cada vez pasamenos. Hoy, 30 años después de aquella primera marcha del orgullo gay,las leyes no sólo no les consideran enfermos, sino que les dan laposibilidad de adoptar hijos, casarse e incluso modificar su identidadoficialmente sin necesidad de someterse a operaciones de cambio desexo. "Somos un referente en libertad sexual", afirma Fluvià.
Sin embargo,“igualdad legal no equivale a igualdad social”, advierte. Las leyes lesamparan y les ponen de tú a tú con el resto de ciudadanos, pero no todoel mundo está dispuesto a aceptarles como a uno más.
“La lucha de ahoraes contra la homofobia”. Petit, Fluvià y Pineda no tienen ninguna duda.Tampoco sobre su remedio: la educación en las escuelas y en los mediosde comunicación.
Para gays,lesbianas y transexuales, la situación ideal llegará el día en que yano se hable de ellos por su condición sexual. Pero mientras tanto,seguirán al pie del cañón reivindicando igualdad y respeto.
“Hasta que ser homosexual no sea como ser vegetariano, habrá que luchar”, concluye Fluvià.
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