

Más de cuatro años duraron mis charlas de diván. La preguntarecurrente para no perder el rumbo, estaba dirigida a los gustospersonales, a los sueños, películas, libros, música.
Cada tanto recuerdo haber dicho que mirar Los Puentes de Madison.Creo que la primera vez la alquilé y la miré en formato de VHS. Lavolví a mirar al día siguiente antes de devolverla. He tenido variascopias y hoy el DVD original luce en mi pequeña colección. De más estádecir que lloré hasta que me dolieron las entrañas. Soy mujer, soysentimental, soy soñadora, no me juzguéis!
En esas sesiones con la voz de conciente sentada en una silla,recuerdo haber planteado la duda de qué hubiese hecho: me hubiese idocon mi amor de cuatro días? Yo creía que no, aunque en ese temadiscrepábamos con el profesional.
La sensación que siempre tuve con esta historia (de la cual tengo ellibro, por su puesto), es que hay cosas que vienen muy pocas veces enla vida, y para algunas personas nunca, seguramente porque noestuvieron atentos o no se animaron.
En esta vida que llevamos hoy, donde parece que todo es tan naif,tan liviano, con tan poco compromiso, por ahí nos olvidamos que el amordel bueno puede ser posible. Digo amor del bueno al que nos da losvotos sin imponerlos, y los tomamos porque no necesitamos otra cosa.
Tener cuatro días de aventura es fácil y accesible.
Que esos cuatro días perduren es casi una utopía.

Querida Francesca:
Espero que te encuentres bien. No sé cuándo recibirás esta carta.Algún tiempo después de mi partida. Tengo sesenta y cinco años, y hoyhace trece que nos conocimos, cuando entré en tu sendero para pedirindicaciones.
Espero que este paquete no perturbe tu vida en modo alguno. Nopodría soportar pensar que las cámaras queden en estuches gastados enalgún negocio de segunda mano, o en poder de un desconocido. Estaránbastante estropeadas cuando te lleguen. Pero no tengo a quiéndejárselas, y te ruego que me perdones por ponerte en riesgoenviándotelas,
Entre 1965 y 1975 estuve casi todo el tiempo viajando. Paraalejar la tentación de llamarte o ir a verte, una tentación que tengovirtualmente en todos mis momentos de vigilia. Acepté todas lasmisiones que pude fuera del país. A veces muchas veces me dije: "Aldiablo, me voy a Winterset, y me llevo a Francesca conmigo, a cualquiercosto."
Pero recuerdo tus palabras, y respeto tus sentimientos. Tal veztengas razón: no lo sé. Lo que sé es que salir de tu sendero esacalurosa mañana de un viernes fue lo más duro que me tocó hacer en lavida. En realidad dudo de que muchos hombres hayan hecho jamás algo tandifícil.
(...)
Vivo con el corazón cubierto de polvo. Esa es la mejor manera enque puedo expresarlo. Hubo mujeres antes de ti, algunas, pero despuésde ti ninguna.
No hice ningún voto de celibato; sencillamente no me interesan.
Una vez vi un ganso en Canadá, a quién unos cazadores le habíanmatado la pareja. Sabes que se aparean para toda la vida. El gansoanduvo en círculos alrededor del estanque durante muchos días despuésde lo sucedido. Cuando lo vi por última vez nadaba solo en medio delarroz silvestre, siempre buscando. Supongo que la analogía es demasiadoobvia para el gusto literario, pero es así como me siento.
En mi imaginación, en mañanas neblinosas o en tardes en que elsol se pone sobre las aguas al noroeste, trato de pensar qué puede serde tu vida y qué estarás haciendo mientras pienso en ti. Nadacomplicado... salir al jardín, sentarte en la hamaca del porche, estarde pie ante la pileta de la cocina. Cosas así.
Recuerdo todo. Tu olor, tu sabor de verano. La sensación de tu piel contra la mía, tus susurros cuando te amaba.
(...)
No me gusta tenerme lástima. No soy de esa clase de hombre. Y lamayor parte del tiemp no me siento así. En cambio me siento agradecidopor haberte encontrado. Podríamos haber pasado uno junto al otro sinpercibirnos, como dos porciones de polvo cósmico.
Dios o el universo, o lo que uno elija para nombrar los grandessistemas de equilibrio y orden, no reconoce el tiempo terrestre. Parael universo, cuatro días no es distinto de cuatro mil millones de añosluz. Yo trato de tenerlo siempre presente.
Pero, al fin y al cabo, no soy más que un hombre.
Y todas las elucubraciones filosóficas que puedo conjurar, no mesalvan del desearte, todos los días, a cada momento ni del despiadadogemido del tiempo, el tiempo que nunca puedo pasar contigo, dentro demi cabeza.
Te amo profundamente, totalmente. Y será siempre así.
El último Cowboy.
Robert.
Extraída de "Los puentes de Madison". Robert James Waller
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