
El vestido rojo - Michael J. Austin
Hay
historias de amor que merecen ser contadas, otras no tanto. Simplemente
duermen en el rincón más oscuro del laberinto de los recuerdos.
Ana
era una mujer normal, de su casa al trabajo y viceversa. Alguna copa de
vino tinto entre amigas, pocos compromisos, noches de insomnio con la
compañía del televisor, silencios aquietados por la música.
Dicen
que uno tiene la certeza del inicio pero no del final. Si habremos
hablado de historias sin final esas noches de confidencias femeninas!
El
inicio del supuesto amor arrancó con el típico cruce de miradas, que
otra cosa puede ser sino. Una mirada sumada a otra junto con los días
que iban pasando. Alguna que otra charla casual para despejar las
dudas....
"Benditos ojos que me esquivaban,
simulaban desdén que me ignoraba
y de repente sostienes la mirada.
Bendito Dios por encontrarnos
en el camino y de quitarme
esta soledad de mi destino".
Maná - Bendita la luz
Como
las dudas nunca se despejaron y las miradas seguían firmes e
insistentes, Ana tomó al toro por las astas y se lanzó al vacío de la
conquista de un hombre casado.
Lo
pensó una y mil veces, aunque para el momento de los hechos ya había
retirado todos sus pensamientos de la mente. Utilizó todos los
artilugios habidos y por haber, leyó varias Cosmopolitan y algunos
libros sobre como seducir con gestos, insinuaciones, revoloteo de
pestañas y cruce de piernas. Al final se cansó de tanta cosa. Recordó
haber escuchado en alguna parte que el hombre de su vida podría llegar
a estar ocupado con la mujer equivocada y se tiró a la pileta: habló
ella primero de lo que le estaba pasando: era como un mareo y una
sensación en el estómago que no le permitían respirar adecuadamente.
El hombre dijo que más o menos y atendió a las demandas.
Ay! Dijimos todas, "que bueno lo que te está pasando", "disfrutálo querida mientras dure"
y un millón más de consejos sinsentido porque ninguna de nosotras
confesó nunca haber estado con un hombre casado que no fuera el propio.
Para qué sacar tanto trapo al sol si a la luz de la luna se ven bárbaro.
Mujeres
que se cargan la culpa de los demás encima sólo nacen cada tanto. Mil
novecientos sesenta y cortos, ese era el año en que había nacido una:
Ana.
Mientras
pasaban los meses del calendario, las estaciones una atrás de la otra y
el amor clandestino, la culpa iba engordando como si lo estuviesen
inflando con helio, con la diferencia de que no iba a ascender nunca a
los cielos, estaba firme a los pies de ella.
Luego
de atesorar besos, cartas de amor, promesas sobre el tapete y
escondites secretos, llegó el día en que escuchó el nombre de la mujer
de su amado y sintió una punzada fatal en el corazón. Ese fue el clic, como hoy nos cuenta con un par de bebidas espirituosas encima.
No
lloró, estaba todo medianamente en los planes de lo que podía pasar.
Luego de perjurarse de que ningún planteo saldría de su boca
simplemente dejó que los días pasaran suavemente, se retiró poco a
poco, dejó de asistir a las citas, trató de no amar como pudo y volvió
a la normalidad de sus días: de casa al trabajo, del trabajo a casa y
algo más fuerte que vino tinto con sus amigas.
El hombre de su vida? Bueh, podemos especular que todavía está ocupado con la mujer equivocada, o no.....
"Ay, si tuvieras libertad a tu lado yo estaría amor,
hey, dame dame una señal cuando seas libre mi amor.
Ay, no lo puedo soportar, no me quiero derrumbar,
mándame un mensaje, una señal, manda una señal mi amor.
Manda una señal amor....
Maná - Manda una señal
P.D.: Por qué las historias parece que tuvieran música propia? Estoy mirando muchas novelas.
El título del post es un fragmento de Ana perteneciente a Ismael Serrano.
perro1970, relatos, mujeres, amores
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