
Abril en Paris - Toby Vandenack
Versión remixada...
En fin, no nos vamos a poner a revisar las anteriores versiones que
escribí sobre la plaza y su comunidad. La cuestión es casi siempre la
misma para quien no advierte los detalles.
La plaza es la misma, las calles y sus nombres siguen allí para
delimitarla. Apenas marca el pulso del tiempo por el color amarillento
de las hojas de los árboles.
Pero una plaza, no es la misma de mañana que de tarde, ni un día de semana que un domingo.
Mis últimos entrenamientos me han llevado a conocer la plaza varios
días de domingo seguido. Y notablemente, han cambiado los matices que
yo tenía de ella a medida que me daba más tiempo para respirar en ella.
Las primeras veces, apurada por correr y elongar lo justo y
necesario, no me detuve mucho en nada. El clima, las hojas y las
personas eran ajenas a mí, como si realmente estuviese corriendo dentro
de una burbuja.
Pero por alguna razón, el hechizo se hizo presente, y como un chicle
intentó mantenerme más tiempo pegoteada en el medio, tanto que hoy
pensé que no podría despegarme ya del banco rojo en donde terminé
plácidamente acostada, como si solo existiéramos la plaza y yo en
varios kilómetros a la redonda.
Luego de salir volando con varios gorriones y deslizarme por los
baldosones rojos con las hojas caídas, mi vista se posó sobre los otros
seres vivientes.

A simple vista parece que el habitante promedio de la plaza una mañana de domingo es el hombre solo con sus hijos.
Divorciados, separados o solos circunstancialmente? No es algo que me preocupe en este momento. Pero pueden aprovechar la data.
Casi todos concurren con anexos del tipo mochila, patines,
bicicletas con rueditas, carritos para pasearlos si son bebés, y tienen
menos problemas que sus madres para meterse en el arenero con ellos, se
los ve distendidos, y muy compenetrados en lo suyo.
El otro grupo que le sigue en número es el de las parejas mayores
que concurren a caminar juntas, siempre en el sentido de las agujas del
reloj. El paso del tiempo es lapidario: la mujer llega mucho mejor casi
siempre. Algunas apuran el paso para ver si el destino cumple con su
cometido -inconscientemente claro- , otras lo adaptan al de él como
hicieron toda la vida.
Una pareja en particular, un poco más joven que otras, se anima a
correr cada tanto. Primero sale el hombre marcando el rumbo y luego la
mujer se anima y lo alcanza para caminar juntos otros metros. De pronto
me pregunto cómo será la intimidad de esa pareja. Por qué siempre me
pregunto lo mismo?
Un muchacho flaco, casi desgarbado, con pelo lacio y negro, lleva a
un salchicha negro de la correa. Escucharon eso de que el dueño se
parece a su perro? Otro señor tironea de la correa de alguna de estas
mascotas indomables, eso está más interesante.
Cerca de las once la presencia abundante de niños de menos de diez
años, me recuerda que tal vez sea hora de volver; no sin antes pedirle
a la plaza que tenga la bondad de guardar mis pensamientos debajo del
colchón de hojas que se encuentra al lado del banco más cercano a la
calesita.
perro1970, plaza, comunidad, relatos, personal, domingos
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