Dentro de las películas de humor negro que siempre me gusta volver aver, se encuentra La guerra de los Rose (The War of the Roses),espectacular sátira sobre un matrimonio que luego de 20 años empieza aagrietarse.
Pero no seamos codiciosos, en cualquier matrimonio (con o sin papeles) que se precie de tal y con algunos años en su cartera, la guerra de roces es incesante.
Salvo que claro:
Opción A: luego de 20 años de casados son realmente como hermanos,compañeros y ejemplo de cómo se llevan de bien dos personas adultasconviviendo.
Opción B: cada uno de ellos vive en otra dimensión, planeta oconstelación. Ya sea porque efectivamente cuentan con otros compañerosde carne y hueso o porque la sublingual no les permite sufrir mayoremoción que no sea ir al baño.

Seguro debe de haber otras opciones...
Ya escuchamos el versito ese de lo que cuesta sostener la pasión enla pareja: pero la pasión sexual. Hay pasiones que parecieran estánintactas, o se incrementan con el paso del tiempo y la pérdida de lapaciencia.
Una vez que los chicos crecieron, que ya terminamos con mocos,pañales, berrinches, noches eternas sin dormir, meses sin sexo; elmatrimonio vuelve a querer recomponerse, salvo claro que tiren latoalla.
Ya sin otras cuestiones que nos distraigan a parte de las horas detrabajo, comida y sueño, volvemos a poner atención en las cosas que nosmolestan de nuestra pareja. Hay... para qué!
Tengo una amiga (obvio, en estos casos uno siempre tiene alguienconocido que cuenta sus experiencias) cuyo marido es un poquiticoobsesivo con el auto.
Pero tengamos un panorama un poco más amplio: mientras que para ellael territorio comando es la casa, para él su territorio es el auto.Esto origina una serie de inconvenientes si no se respetan algunaspautas de convivencia. Como las pautas se venían respetando todo ibaviento en popa, y esta pareja se sumaba a la lista de seres razonablesy civilizados que quedan sobre la tierra.
Hasta que un día el elemento masculino lleva a lavar el auto, con eldetalle de que al retirarlo reluciente se avecina una tormenta.
Lejos de pensar en ir a buscar a su pareja que sale de trabajarcargada con mandados y útiles escolares de los chicos, este señorguarda el auto, total no va a llover tanto.
Como para hacer acto de presencia la va a buscar ... en bicicleta.Su suerte sigue en pie: la furiosa tormenta espera a desatarse justocuando llega a buscarla. La mujer, lejos de llegar a comprender eseacto de amor para con el rodado, estalla en un acto de histeria ycaprichos.
Qué pasa por la mente de un hombre para que guarde el auto( para queno se moje, no estamos hablando de piedras ni granizo) y exponga a sufamilia a una hermosa tormenta casi tropical? El amor por lanaturaleza? El amor al auto? El amor por la limpieza? La locuragalopante que tiene en el cerebro?
Para qué sirve un auto sino para usarlo?
Luego de interminables reproches, golpes de cabeza contra la pared,llamados a todos los servicios de transporte de la ciudad, varios rayosy truenos acompañando el momento, el señor decide a ir a buscar elauto, no sin antes poner cara de asesino serial.
Esa sensación de querer matar a alguien no se diluyó en el camino devuelta, cuando la llevó con todos sus bártulos haciendo rally por lascalles llena de baches, sin frenar en las esquinas y tratando de que separta la cabeza contra el parabrisas.
La historia podría haber tenido final trágico: volantaso, accidente vial, asesinato, etc.
Vastó con irse a dormir sin comer y ponerse de espaldas.
Digamos que el incidente sólo vino a engrosar el cajón los roces cotidianos que le ponen condimento a la pareja.

perro1970, guerra, roces, rose, matrimonio, peleas
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