Siempre por propia imposición me tocaba estar de espectadora y analítica.
Esa iba a ser otra vez, no había por qué cambiar.
La noche ideal, la temperatura adecuada. De anfitriona y punta enblanco, tenía la mesa preparada con velas a la luz de lo que sepresentara al aire libre.

Pensé que para despedir el año entre amigas nada mejor que acudirvestidas de blanco. Paz? Armonía? Pureza? Bueh, tampoco la pavada, unsimple ritual para despedirnos de las horas que nos habían hechodichosas, caprichosas, entusiastas, desconfiadas, risueñas y con algunalágrima extra.
Los días se habían alargado y la fecha parecía que no llegaba. Lasexpectativas de siempre, aunque más relajadas, dispuestas a entregar loque tuviésemos a mano. Luego de un poco de alcohol, comida ligera yalgo disfrazado con chocolate.
Pasadas las doce llegó la hora de la bruja. Traté de verme dentro deuno de estos personajes esotéricos, espectadores, tratando de abrir lamente y comprender los disparatados caminos de las... Continuar leyendo