Nueve de la noche, tal vez nueve y media.
La jornada no distaba mucho de cualquier otra laborable, trote a lamañana temprano, bancos, mostrador, clientes quejosos, recomendaciones,números y llamados por teléfono.
Sobre la hora pautada de cierre -20 o'clock-la puerta tuvoque hacer un esfuerzo para cerrarse. Tengo la sensación de que tal vezquedó algún cliente aplastado o escondido en la bisagra. Mientras tantomi persona trataba de esconderse de los invasores en algún otrorecoveco para terminar las tareas pendientes.

Mi refunfuño constante no hacía más que empeorar el hecho consumado del cambio de horario.
Trabajar de sol a sol era ya una utopía, mi reloj apuntaba que era hora de retirarse a los menesteres del hogar.
En la calle un sinfín de personas seguía el pulso de la luz del día, desorientados en sus horarios y rutinas.
En una esquina céntrica, un habitué de la noche, hacía tiempo para tomar el drink diario sin tener que entrecerrar los ojos... Continuar leyendo