La enceradora ha pasado por las femmes de mi familia casi como unobjeto de culto. Pisos graníticos exigían la aplicación de alguna cerasemi líquida y luego el paseo de la enceradora, que iba dejando estelasde brillo por donde se la pasase. Cuánto más espesa la cera más sedistinguía el paso de la misma.
Creo que la primera que tuve era un objeto bastante psicodélico que contaba con luces delanteras, casi como un Alfa Romeo.
Encerar es una de esas cosas compulsivas que cuanto más se hacen, más seguido se quiere repetir -como el sexo, vió-.
La perfección del piso brilloso requiere mirarlo desde diversosángulos, a trasluz, con la ventana levantada y otros artilugios más.

Digamos que con el transcurrir de los años, ya es un hábito más quese incorpora a la rutina diaria, y encenderla se convierte en un actobastante mecánico, -como el sexo vió-.
Digamos que estuve años con ese objeto adosado a mi mano, ya era unaextensión más de mi cuerpo, y si bien mi vieja... Continuar leyendo